Alfonso Ruiz de Aguirre

 

 

Hay gente que asegura que escribe para sí mismo. No me pregunten qué se siente, lo ignoro. Siempre he escrito pensando en comunicarme con los lectores. Dicen quienes me conocen que no me callo ni debajo del agua, y debe de ser cierto, porque, aparte de inventar historias, cada vez que me ponía delante del ordenador me entraban unas ansias desatadas de gritar a los cuatro vientos mis opiniones. A decir verdad, de no haberme dedicado a la enseñanza, me hubiera gustado ser periodista. Tal vez lo descubrí demasiado tarde y tal vez no. Ya veremos.    

La Tribuna de Toledo me brindó la oportunidad de soltarles la charla a los lectores desde una sección fija: Detrás de la puerta. Desde el 5 de enero de 2000 al 7 de febrero de 2001 escribí una columna sobre educación y sociedad, que, cada miércoles ocupó una página entera del periódico. En la de al lado escribían periodistas de la calidad de Pilar Cernuda. En principio comencé firmando Arquímedes, pero cuando comprendí que mi número de lectores nunca sería el suficiente como para ganarme represalias, decidí emplear mi propio nombre. Se trataba sobre todo de denunciar una ley perniciosa y demagógica, la LOGSE, y de demostrar que los jóvenes de nuestro tiempo siguen siendo homo sapiens: es decir, que sus virtudes y sus defectos no obedecen a ninguna perversión genética, sino a la educación que les ofrecemos.

 A partir del 2 de julio de 2000, y hasta el 7 de febrero de 2001, me encargué también de la crítica literaria del periódico, los domingos. Escribí sobre escritores consagrados y sobre otros que merecen ocupar más páginas en las revistas especializadas. Ya veremos si el tiempo me da la razón. Para empezar, cuando destaqué las virtudes literarias de Pérez-Reverte todavía estaba de moda darle caña al mono. Por aquellas páginas desfilaron Miguel Ángel Carcelén, Lorenzo Silva, Lucía Etxebarria, Elvira Lindo, Arturo Pérez-Reverte, Luis Landero, Antonio Muñoz Molina, Manuel Vicente, Noah Gordon, Ray Loriga, Soledad Puértolas, Joaquín Leguina, Tom Wolfe, J. K. Rowling, Mario Vargas Llosa, José Ángel Mañas, Espido Freire, Teo Serna y Felipe Trigo. Con los más conocidos traté de ser ecuánime, con los aspirantes quise ser generoso.

Como muestra ahí van unos cuantos botones: tres críticas literarias y un artículo de sociedad.

 

Pedagogía parda

23 de febrero de 2000

Hay ciertas ramas del saber humano en las que todos somos licenciados, doctores, profetas o, cuando menos, marisabidillos: el mus, el fútbol, la pedagogía, la psicología... La psicología, por cierto, no se sabe, se posee: uno tiene mucha psicología. Se desconoce aún en cuál de las unidades del sistema métrico decimal podrá cuantificarse tal posesión, si en kilos por metro cuadrado o en decilitros pedagógicos, pero el caso es que la gente tiene psicología, del mismo modo que una batidora o un reloj de pared. Agotados como estábamos de parir tantos lumbreras de la ciencia del alma, hemos comenzado ahora a formar Aristóteles de la pedagogía, sabihondos en zapatillas capaces de dilucidar sin asomo de duda ni estudio, desde lo profundo de su descuidado sentido común, lo que es pedagógico y lo que no, a la par que teorizan, sin aparente esfuerzo, sobre la alineación titular del Betis. Tal capacidad de discernimiento no proviene de la reflexión ni del sesudo trabajo, sino de la mucha gramática parda que tales sujetos acumulan.

Vamos con un ejemplo: aprender de memoria, no es pedagógico. Toma castaña y tócate los pies. Uno se sabe de memoria su DNI, el montante de su cuenta corriente, la fecha en que le llega el recibo de la luz, su teléfono, su domicilio, la edad de sus hijos y tantos datos que no cabrían en un ordenador de nueva generación y, sin los cuales, se encontraría desoladamente perdido en un mundo ajeno y hostil. Pero resulta que esa capacidad humana es maléfica y hay que desterrarla del sistema educativo para que no atormente a nuestros tiernos querubines con su obstinada amenaza.

Ignoro qué monstruoso daño o cruel afrenta le deberán los ignorantes a la memoria para que la maltraten y zahieran con tanta saña por antipedagógica, pero que me perdonen si hay otro medio de aprenderse la tabla del ocho, los verbos en inglés, los periodos del paleozoico, el nombre de los músculos y huesos, la fórmula para hallar el área del círculo, los ríos más importantes de la vertiente mediterránea o cualquiera de los otros muchos horrores que pretendemos inocular  sin misericordia en las inermes almas infantiles.

Viene un padre a recriminarme educadamente que pretenda que su hijo se aprenda tal cosa de memoria, porque es (¿cómo no?)... ¡¡¡antipedagógico!!! Él lo que desea es que se le enseñen Técnicas de Estudio, verdadero prodigio de nuestro tiempo. Uno pronuncia las tres divinas palabras y, por arte de magia, se iluminan las luces del entendimiento humano. Las técnicas de estudio sí que son pedagógicas hasta los tuétanos. Todo el mundo habla de ellas con reverencial respeto, sin saber a ciencia cierta en qué consisten. Suponen muchos que se trata de unos trucos que evitan el fastidio del estudio técnicamente. Imposible sacarles de su error. Me entran unas casi irreprimibles ganas de decirle al padre que, ya que yo tengo el buen gusto de no decirle cómo debe sacar adelante a su familia, me corresponda no enseñándome cómo tengo que realizar mi trabajo, pero, finalmente, me armo de paciencia y le explico que, entre las técnicas de estudio, existen una serie de recursos mnemotécnicos que sirven para ayudar a la memoria a recordar: entonces se le pone cara de pasmo. Le hablo de aprender de memoria canciones, de inventar mentalmente historias que asocien palabras e imágenes: su mirada es ya de cierto desconcertado respeto, como si la magia destilara por mis manos y palabras. Pero su mente está al borde del cortocircuito. No es para menos. “A ver, ¿cómo puede ser que el maestrillo este me diga que usa las técnicas de estudio, tan pedagógicas ellas, para aprender de memoria, que es lo más antipedagógico que se ha inventado desde tiempo de Carolo? Aquí hay gato encerrado. Mañana mismo le pregunto a mi compañero de la fábrica, que tenía un sobrino que estudió magisterio, y de esto sabe lo suyo, porque no hay quien lo entienda. El caso es que el tío este le está echando labia y al final mi pobre Giovanna se va a tener que aprender de memoria la tabla de multiplicar. Si es que no hay derecho”.

El Colegio se transforma así, por pomposo artificio, en Fantasilandia, el país de los peterpanes que nunca podrán ser adultos, donde no existe el trabajo, ni el esfuerzo, ni la frustración, ni el placer que se deriva de la tarea bien hecho que tanto nos costó terminar. Qué hermoso sería poder congelar a los niños en ese territorio fabuloso donde les dan de comer y les suenan los mocos, para que sólo conocieran esa realidad, tan pedagógica, que no exige ninguna contrapartida, que nos lo da todo masticadito y tierno. El problema llega cuando los soltamos a un mundo que no tiene nada que ver con los dibujos animados, para que se las apañen solos.

Ésa ya es otra historia.


Crítica literaria


 Arturo PÉREZ-REVERTE: el folletinista culto

 

27 de agosto de 2000

Es un lugar común descalificar la obra de Arturo Pérez-Reverte acudiendo al ya manido tópico de que este autor de singular talento desperdicia sus dotes rebajándose a perpetrar folletines. No es para asustarse. Escribir bien y vender mucho es un pecado que los supuestos vigilantes de la calidad literaria no pueden consentir. Seguramente Yerma deja mucho que desear como comedia, Rivaldo es un pésimo defensa central y el autobús un medio de transporte inadecuado para atravesar el océano. ¿Y qué? Es verdad que Pérez-Reverte no se ciñe al gusto de los entendidos, pero es fuerza reconocer que maneja con enorme soltura nuestra lengua, que es capaz de imaginar argumentos que mantienen la intriga de la mayor parte del público de principio a fin, que se documenta con una minuciosidad propia de un profesional exigente y capaz. También es cierto que sus personajes parecen cortados todos con media docena de patrones, que apenas consigue profundizar en sus caracteres, que complica tanto las tramas que rara vez colma nuestras expectativas, que sus libros son voluntariamente comerciales. Como novelista del realismo decimonónico sería una catástrofe, como escritor de novelas de entretenimiento no tiene precio: ha sabido unir la cultura con la amenidad y eso le hace encajar con un sector muy amplio de los lectores. Casi todas sus obras pueden encontrarse fácilmente en ediciones de bolsillo. Muchas han sido trasladadas al lenguaje del cine: no se confíe, no trate con subordinados, vaya directamente al libro. No se pierda el maestro de esgrima, que nos presenta la historia de un hombre digno que ve con preocupación cómo su mundo se acaba y termina envuelto sin quererlo en unos turbios asesinatos en el Madrid de la Revolución del 68. No se olvide tampoco de El Club Dumas, llevado a la pantalla recientemente con un misterioso título, un prestigioso director, un alto presupuesto y unos decepcionantes resultados. Si le gusta el ajedrez no pase por alto La tabla de Flandes; si es la navegación La carta esférica resulta imprescindible; si le atraen las luces y las sombras de nuestro siglo XVII encontrará un ameno retrato envuelto en intrigas en la saga de El capitán Alatriste (los dos primeros son, en mi opinión, más entretenidos que la tercera entrega). Sería un pecado por mi parte dejarme en el tintero los títulos de libros tan amenos como La sombra del águila, Territorio comanche, El húsar, Un asunto de honor o La piel del tambor. Léalos, se lo recomiendo: le ayudarán a superar la depresión postvacacional. No sé si le devolverán su dinero si no le gustan, sé que lo más probable es que disfrute y me agradezca el consejo.



Luis LANDERO: Dios se enamora del perdedor

 

3 de septiembre de 2000

Cuando uno sueña con ser escritor siempre teme que está acabado si no ha publicado algo exitoso antes de los 30 años. 41 tenía Landero cuando conocimos su primera novela, Juegos de la edad tardía (como todas las otras, en Tusquets) en 1989. Caballeros de fortuna no llegó hasta 1994 y El mágico aprendiz agotó nuestra impaciencia hasta 1999. Ya cuento el tiempo que falta para que salga la próxima en 2004. Es lógico que un escritor tan honesto, tan cuidadoso, tan meticuloso como él tarde en considerar terminada una novela. El secreto de la grandeza de este mago de los sueños duerme en su trabajo con los seres pequeños, discretos e insignificantes que pululan por sus páginas. Escribe el autor en Caballeros de Fortuna: "Si pactamos con nuestra condición antes que con los sueños o los dioses, el camino hacia la paz puede llegar a ser el más corto y liviano de todos". Sus personajes son seres tan vulgares como tal vez lo sea usted y como sin duda lo soy yo, que ya han pactado con su condición para disfrutar de la seguridad y de los pequeños placeres de una vida rutinaria y en lenta descomposición, hasta que un día sucede el milagro: el destino los roza con sus alas y se les ofrece, por casualidad o por merecimiento, qué más da, la posibilidad de ver cumplidos sus anhelos más íntimos. Casi siempre se presenta el prodigio amparado en una verdad a medias que el protagonista se ve obligado a urdir, hasta engañar a quienes lo rodean, para sostener los afanes de los demás y los suyos propios. Así consigue Landero que el perdedor (yo, tal vez también usted) viaje a la parte más hermosa de nuestras esperanzas, reciba el justo tributo de la existencia y pueda ser el héroe con el que soñaba, por un tiempo. Luego, la realidad suele devolver las cosas a su origen, pero ya nadie puede robarnos lo vivido, ni lo que hemos aprendido en ese tiempo maravilloso de victoria. No es que Landero se identifique con el perdedor, eso ya está muy visto: bucea en su alma hasta presentárnoslo con los ojos amables y cariñosos del Dios que lo creó así, débil, incompleto, imperfecto, pero maravilloso; el Dios que lo acepta tal y como es, que siente su inanidad como el mayor de sus tesoros. Por eso en sus obras la audacia menuda y la solidaridad sincera suelen obrar verdaderos milagros. Y cuando el milagro se nos escapa entre los dedos, no importa, no queda el rencor, ni la tragedia, sino la vaga melancolía de haber tocado la perfección y de haberla visto escapar, para conservar en nuestro recuerdo apenas su perfume. La novela se inventó para que escritores como Luis Landero nos permitieran paladear el sabor de nuestros sueños.


Antonio MUÑOZ MOLINA: Plenilunio

 

10 de septiembre de 2000

Un inspector desconfiado que ha sido destinado a la tranquila ciudad de Mágina después de haber pasado largos años de acoso en Bilbao; su mujer, internada en un psiquiátrico por los efectos devastadores del pánico constante al atentado y a la espera; una niña cruelmente asesinada por un maníaco sexual; una maestra atractiva, abandonada primero por su marido y luego por su hijo; un forense filósofo incapaz de comprender las raíces fisiológicas de la brutalidad; unos etarras que vigilan a su próximo objetivo; un jesuita octogenario convencido de que los ojos del criminal reflejarán la magnitud insoportable de su pecado; un asesino que trabaja más horas que el reloj y vive obsesionado por el olor de sus manos. Aparentemente, todos los ingredientes necesarios para que cualquier aficionado los transforme en una novela policiaca o en uno de los típicos guiones con los que Hollywood se complace en castigar nuestras flaquezas. El lector que se enfrente a Plenilunio ansioso por desvelar el misterio de la intriga se sentirá decepcionado. Quien ya conozca al autor, quien haya paladeado lentamente cada una de las páginas de El jinete polaco, volverá a disfrutar de la magia de una maestro de la lengua y de la prodigiosa capacidad expresiva de un atento observador de los grandiosos o raquíticos motivos que empujan a los hombres. Los tópicos del género se cumplen: el asesino vuelve al lugar del crimen, se enamoran los personajes a los que en buena ley corresponde la tarea, el desarrollo de la investigación ocupa una parte importante de la trama. Sin embargo, resulta evidente que la novela se ha escapado de los estereotipos cuando se nos presentan el asesino y sus móviles desde mucho antes de que comencemos con nuestras propias conjeturas: su profesión, sus frustraciones, sus ansias fracasadas de virilidad, su rotunda insignificancia, su agresiva cobardía y su fuerza primitiva. El autor no emplea estos materiales para moralizarnos, ni para construir un entretenimiento trivial con el que matar el tiempo: con ellos va desmenuzando el alma de los personajes; no los juzga, no los idealiza, no los modela a su imagen y semejanza; simplemente los disecciona con la crudeza de un forense y va mostrándonos con una extraordinaria lucidez, desconcertada, conmovida y asustada, los jirones del espíritu, los entresijos de las esperanzas y de las angustias, para reconstruir ese mecanismo ingenioso, pero de mediocres y mezquinos materiales que configura la profundidad del alma humana. Escribe como un genio anciano, como si Dios le hubiera concedido el privilegio opresivo de la sabiduría. Va desgranando sin prisa los sentimientos, extrayendo de ellos los tuétanos, hasta enfrentarnos de bruces con los más profundos interrogantes que nos plantea la existencia. Con sus frases de largos periodos y sus prolijas enumeraciones, Antonio Muñoz Molina, el mejor novelista con mucho que ha dado nuestro país desde la Guerra, nos presenta con tanta precisión lo que ya sabíamos, que el mundo nos parece nuevo y sorprendente, recién estrenado. Muchas gracias.


 Los prólogos


 Miguel Ángel Carcelén Gandía, también escritor, y sin embargo amigo, tuvo la osadía de encargarme el prólogo para su libro Turno de noche (Madrid, A la luz del candil, 2002). Yo soy un mandado: si luego no vende, que no me echen la culpa a mí. No contento con ello, también permitió que escribiera el epílogo de Mucho cuento (Acumán, 2000), un extenso conjunto de relatos hiperbreves en el que publicaron por primera vez dos alumnos míos. Los beneficios de la venta de este libro se dedicaron íntegramente a la financiación de proyectos de ayuda al Tercer Mundo gestionados por Maná.