Alfonso Ruiz de Aguirre

LAS TILDES DE SÓLO Y DE LOS PRONOMBRES DEMOSTRATIVOS

  

            Basta que Benedicto XVI afirme que no está históricamente demostrado que un buey y una mula acompañaran a Jesús en su nacimiento para que de todas partes salgan supuestos expertos asegurando que el papa ha ordenado retirar de los belenes a los dos animales. Basta que la RAE recomiende suprimir unas tildes para que los talibán de la ortografía aseguren que quien ose acentuar sólo o éste incurre en delito de lesa ortografía.

            En los últimos años la Real Academia de la Lengua ha publicado distintos documentos en los que daba indicaciones diferentes acerca de la tilde en el adverbio sólo y en los pronombres demostrativos. Los criterios han ido cambiando en la Ortografía de la lengua española (1999), el Diccionario panhispánico de dudas (2005), el Diccionario esencial de la lengua española (2006) y la Ortografía de la lengua española (2010). En muy poco tiempo la tilde en sólo y los pronombres demostrativos ha pasado por varios estados: obligatoria siempre; obligatoria sólo en casos de posible ambigüedad; aconsejada para evitar posibles ambigüedades y desaconsejada en los demás casos; desaconsejada en todos los casos.

            Hay personas que leen pero no comprenden. Algunas de ellas trabajan en medios de comunicación o imparten la docencia, incluso en los niveles universitarios: hacen mucho daño. Un antiguo alumno que cursa estudios de Filología me dice que sus profesores consideran error ortográfico colocar estas tildes. La RAE jamás ha dicho que se trate de un error: simplemente se trata de un consejo. Cuando la RAE expone un uso no normativo lo hace con toda claridad: detrás mío es incorrecto y punto. Le colocan el asterisco de agramatical y explican que se trata de un mal uso del castellano. Así de claro. Quizás esos aprendices de lingüistas o lingüistas en ejercicio que ahora se erigen en censores deberían leer las declaraciones del académico Salvador Gutiérrez a El Mundo publicadas el pasado 10 de enero (aquí). Gutiérrez no es un académico cualquiera: como explica el diario, es "miembro del Consejo Asesor de la Fundación del Español Urgente y catedrático de Lingüística General de la Universidad de León, dirige el Departamento de Español al Día de la RAE, así como su servicio de consultas, desde donde se emiten alrededor de un centenar de consejos diarios por escrito". Gutiérrez recuerda que la RAE sólo (sí, con tilde) recomendó suprimir esas tildes, pero nunca las consideró agramaticales. Y admite que, dos años después, van perdiendo la partida: muchos hablantes cultos mantienen la forma de escritura que aprendieron desde niños y que no están dispuestos a cambiar.

            A menudo se ha criticado la lentitud de la RAE para incorporar cambios. Alguna ministra salía en los medios convencida de que fistro figuraba en el diccionario y de que miembra lo haría en breve. La RAE procede siempre con una prudencia encomiable. No admite cambios hasta que éstos (sí: he colocado la tilde y no había posibilidad de ambigüedad) se han instalado en la lengua. Sin embargo con el asunto del que hoy discutimos ha cambiado de criterio demasiado deprisa en muy poco tiempo, Y eso no es bueno: desorienta a los hablantes, genera polémicas inútiles y desprestigia a la entidad. Un error entre muchos aciertos.

            Me parece un acierto el consejo de la RAE sobre la supresión de estas tildes y, sin embargo, no estoy dispuesto a seguirlo. Contradictorio, ¿verdad? Pero justificado, espero. Con tal medida la RAE intenta simplificar las normas de ortografía. Una ortografía sencilla supone una enorme ventaja para una lengua y contribuye a su universalización. Un acierto. Sin embargo las lenguas (y esto lo sabe la RAE muy bien, pero parecen desconocerlo los talibán que van más allá de sus consejos) evolucionan muy despacio. No cambiaré mi forma de escribir porque es la mía, porque la lengua que aprendí es una de mis propiedades más valiosas, porque la escritura es también un automatismo y soy consciente de que, si hiciera el esfuerzo de no ponerlas, se me terminarían escapando, y entonces mi texto sería incoherente y contradictorio.

            La RAE nunca ha funcionado con la arrogancia impositiva que algunos parecen adjudicarle. Las explicaciones que dan para la retirada de estas tildes me parecen perfectamente satisfactorias. Sin embargo, la lengua no es sólo un patrimonio intelectual: para mí es un patrimonio afectivo. Durante años los hablantes tendrán que habituarse a la convivencia de ambas formas, porque nadie pretende echar a la hoguera los millones de libros escritos hasta la fecha, con sus tildes en sólo y en los pronombres demostrativos.

            Seguiré escribiendo el adverbio sólo y los pronombres demostrativos con tilde, tanto cuando exista posible ambigüedad como cuando no. Si mis editores lo admiten, excelente. Si aducen que ellos siguen otro criterio lo aceptaré, porque entiendo que pretendan alcanzar una cierta uniformidad en todas sus publicaciones. Respetaré siempre a quienes no tilden. Y espero de ellos el mismo respeto.

 

 

 

 

PERSONAJES DE ARNICHES EN TIEMPOS DE SÓFOCLES

 

Ayer charlaba con una amiga afincada en Estados Unidos acerca de las diferencias entre nuestra cultura y la de los descendientes de Washington. Sí: ésos a los que tanto criticamos aquí, pero tienen un paro del 9%. Para nosotros el Estado es un Dios bueno que debe solucionar todos nuestros problemas. Si algo sale mal, la culpa es de las administraciones, siempre: del Ayuntamiento, de la Comunidad, del Gobierno. Dejamos muy poco espacio a la iniciativa privada y, por tanto, muy poco espacio a la responsabilidad privada.

 En el Madrid Arena fallaron las instituciones y un empresario puso el lucro por encima de la seguridad sin que los poderes públicos movieran un dedo para impedirlo. Cada día salen a la luz nuevos documentos que demuestran la negligencia institucional, antes, durante y después de la tragedia.

 Pero hoy no quiero hablar de instituciones, sino de personas. Porque las personas somos libres, soberanas y responsables de nuestros actos. Y aquel día triste hubo personas que se comportaron como bestias. Si no lo comprendemos, si no lo asimilamos, si no lo denunciamos, seguiremos repitiendo siempre los mismos errores.

 Si no comprendemos que las alimañas que apedrearon las ambulancias son culpables alentaremos a las alimañas que apedrean ambulancias. Si no comprendemos que los vigilantes de seguridad que bloquearon puertas de salida son culpables alentaremos a los vigilantes de seguridad que bloquean puertas. Si no comprendemos que el operario que atendió la llamada, y la despachó con una chulería arrogante de personaje de entremés, cuando se hallaba ante una tragedia, es culpable, alentaremos a que futuros operadores se erijan en jueces. Un operador está para ayudar, no para juzgar. Pero a este operador no lo puso una institución: lo puso una persona con nombre y apellido. El operador tiene que tomar datos, tranquilizar a quien llama, evaluar los riesgos. Se trata de una labor importantísima. ¿Quién decidió que un conductor ejerciera una labor para la que no estaba capacitado? Vamos a averiguar el nombre y el apellido de la persona que decidió que un conductor se encargara de una labor tan importante. Y vamos a divulgarlo. Porque es culpable. Y hasta ahora la prensa sólo ha divulgado el nombre del operador.

 Madrid Arena. Crisis económica. Distintos problemas, el mismo origen. Instituciones negligentes que desatienden a las personas. Personas que no cumplen con su obligación. Personas que no cumplen con su obligación. Personas que no cumplen con su obligación.

 Es difícil cambiar las instituciones. Es más fácil comportarnos como personas dignas cuando nos toca afrontar nuestra responsabilidad. No se trata de ser héroes: se trata de ser personas íntegras. No sé cuándo lograremos expulsar a estos políticos sin escrúpulos que han arruinado nuestro país. Sé que, si realizamos nuestro trabajo bien y si asumimos nuestra responsabilidad, saldremos de esta crisis y no habrá más Madrid Arena. Si lo hacemos todos y cada uno de nosotros.

 Las personas somos libres, soberanas y responsables de nuestros actos. El precio de olvidarlo es el Madrid Arena. El precio de olvidarlo es la crisis económica. El precio de olvidarlo es convertirse en personaje de Arniches en tiempos de Sófocles.

 

 Madrid, 3 de enero de 2013.

 

 

 

 

Publicado en La Tribuna de Toledo el 1 de marzo de 2000. Como ven, lo que ocurre ahora era fácil de prever hace más de doce años.

 

 STUDIUM

“Aprenda usted inglés, marketing e informática en quince días sin dar el callo. Dé lecciones a Sir Winston Churchill y Bill Gates dedicándole cinco minutos al día y pasándoselo de vicio. Con profesores nativos que sudarán la gota gorda para que a usted se le pegue el genuino acento londinense por arte de birlibirloque, sin dar ni chapa. No estudie vocabulario ni gramática (¡qué aburrido!). Confíe en nuestro método infalible. No tendrá que mover ni las pestañas, trabajará menos que El Buscón de Quevedo. También nos adaptamos a su horario: aprenda informática en las horas de sueño con sencillos compact-disc. Hágame caso, sea un auténtico triunfador. Yo hice ese curso y ahora soy Ministro. Llame cuanto antes. No deje pasar su oportunidad”. Tonterías. Mercachifles de la enseñanza que nos desprestigian a todos con su lucrativo imperio de falsas ilusiones. Prometen el maná al hambriento y trabajo al parado. Como prometer es gratis, garantizan todo tipo de ventajas. Y lo que es mejor: no exigen el menor esfuerzo. El incauto hace sus cuentas de la lechera y ya se ve erigido en poderoso mandamás de alguna multinacional sin haber dado palo al agua. Por favor: no somos tontos.

El diccionario Latino Español de Agustín Blánquez Fraile (Sopena) define studium como “Aplicación celosa, activa, diligente”, y el verbo studeo como “Trabajar con empeño”. A pesar de los esfuerzos de laboriosos alquimistas, aún no se ha descubierto la fórmula mágica que permite aprender sin estudiar y consigue que broten eminencias de debajo de las piedras. Hasta que la encuentren, sólo existe un camino hacia la sabiduría: la aplicación celosa, activa y diligente; dicho en sermo vulgaris, el esfuerzo. Pero, mire usted por donde que, según el mismo diccionario, la sobada palabreja significa también “Afición, gusto y pasión”. Es verdad, pero para llegar al disfrute que produce el estudio es preciso trabajar. Y trabajar, duele.

Hay gente que disfruta corriendo un maratón. Para otros (entre los que me cuento) ni el más avieso verdugo podría haber ideado una tortura peor. ¿Eso significa que los maratonianos no sufren corriendo? ¡Qué estupidez! Sienten tanto como yo, sudan tanto como yo, sufren tanto como yo. Pero a ellos ese esfuerzo les produce un deleite que a mí me cuesta comprender. Lo mismo nos sucede a los que disfrutamos estudiando: tal actividad supone un cierto grado de sufrimiento intelectual porque, igual que el cuerpo del atleta protesta cuando se le exige lo máximo, así la mente se resiste a doblegarse, a entregarse de lleno al vehemente deseo de aprender.

Pues bien, se ha extendido en la escuela, desde hace unos lustros, la peregrina especie de que los adolescentes (no entraré en el espinoso tema de los niños) acuden cada día al Instituto a entretenerse y divertirse. Podrían quedarse en casa, digo yo, si tal es el fin. Sí, se me responderá, pero es que al final la televisión aburre, y acaban molestando. Aceptada la premisa, si no les parece desternillante la conjugación de los verbos irregulares, si no se parten de risa haciendo derivadas, si no alcanzan el éxtasis hilarante aprendiendo los accidentes geográficos de Babilonia, la culpa es del incompetente profesor, que no los motiva. Mire usted aunque me pongan a Martín Fiz de profesor de atletismo, no conseguirá que me guste correr maratones. Entonces, será culpa de Fiz. Razonamiento idiota. No se puede motivar a personas que carecen de ciertas aptitudes y actitudes. Los próceres de la patria que parieron la LOGSE lo comprenden y sentencian: para que nadie se pierda en la carrera que conduce a la sabiduría, y como todos tiene que estar juntos hasta los dieciséis abriles por mor de la democrática ley, márquese el ritmo de los más lentos, y que se arruinen las cualidades de los verdaderos atletas. Que pierdan el tiempo y la ilusión hasta llegar a la Universidad, y que luego los expriman como limones para sacarles el jugo que quizás ya nunca podrán dar.

Los alumnos, que ya se saben la cantinela, no pierden nunca la ocasión de contarte que la clase de tal o cual cosa es aburrida, y que es obligación del profesor convertirla en risueña bufonada. Entono el mea culpa y suplico perdón: aprendí en la Universidad tanta Literatura como pude y me dejaron, pero confieso que, a hacer el ganso, a contar chistes descojonantes sobre las subordinadas de relativo, a conseguir que Yeseros 2 y Carne 1 disfruten leyendo El señor de las moscas, a realizar acrobacias y representar cuchufletas, a eso no me enseñaron. Así que, a los que les interesa tanto aprender como a mí correr el maratón, la verdad, los entretengo más bien poco. Prometo, en penitencia, que el próximo curso de formación que siga no tratará de sesudos problemas académicos, sino de cómo hacer, con aprovechamiento del auditorio, de payaso de las bofetadas. Tuve en Bachillerato unos profesores excelentes y no consiguieron entre todos hacerme ver la vena carcajeante que esconde la tarea de aprenderse de memoria las cinco declinaciones. El placer vino después, cuando pude traducir textos que mostraban lo maravilloso que es el conocimiento humano.

Hemos desterrado de la escuela el esfuerzo. Si no escarmentamos a tiempo, formaremos una generación de vagos convencidos de que el mundo les debe la luna y, si no se la concede gratis, les está estafando.